25/11/2021 18:57 Hs.
OPINIÓN
Maradona, el último absoluto en un mundo desencantado

Al cumplirse un año de la muerte de Diego Armando Maradona, un texto homenaje a alguien que fue mucho más que el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos.

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Por Emmanuel Rossi

¿Por qué el fenómeno Maradona es tan inconmensurable? Ése es un interrogante central, y posiblemente no exista respuesta cabal para explicarlo. La identificación con amplísimas porciones de las sociedades más diversas que logró Diego -tanto dentro como fuera de la cancha- difícilmente encuentre palabras capaces de codificarla con algo de justicia.

La ficción maradoniana se agigantó con el tiempo mientras alrededor comenzaban a surgir relatos que vaticinaban “el fin de la historia". A la vez que se planteaba la caída de los grandes discursos y se consolidaba un relativismo cultural convenido, la figura de un Dios sobre la tierra atravesaba y destruía a su paso los embates del clima de época.

La identificación con el mito (mythos) genera sentido, y en un contexto intencionadamente desacralizado, lo absoluto sobre lo cual poder asirse se fortalece. Y como la figura de Maradona resiste al ocaso de los ídolos, sus seguidores resisten al ocaso de sus sistemas de ideas y creencias, ésos que otorgan un rumbo para seguir adelante cada día.

En este sentido, la maquinaria individualista, fractal, líquida, deshumanizante (que tiende a convertirse en paradigma global) vuelve a colisionar con una robusta resistencia, en este caso, encarnada por un ser que volvió a dotar de magia al universo. ¿Cómo -y por qué- pretender que alguien deje de amar a Maradona? ¿Quién renuncia voluntariamente a ser feliz (aunque esa felicidad dure instantes)?

Claro que ninguna identificación puede llegar a ser total, y existen grupos -con otros sistemas de ideas y creencias- que buscan convencer a los devotos del Diez de que sus sentimientos son equívocos. Lo hacen desde las mismas bases ficticias que critican (también aquí se expresa una súplica por el reencantamiento) pero disfrazadas de una presunta racionalidad. Fallan doblemente en su coerción simbólica: Nadie trocará su parecer más profundo bajo extorsión maniquea, y los sentimientos no tienen que someterse necesariamente a un juicio de carácter moral. Sucede que algunos, para afirmarse en su ficción de significado, necesitan derribar todo lo que la coloque en situación de peligro, y cualquier detalle que huela a contradicción debe ser eliminado.

Maradona, en su integralidad inabarcable, otorga sentido y pertenencia -es decir, identidad- en un mundo que pretende protocolizar los vínculos humanos, disciplinar los cuerpos, ir hacia la fragmentación, controlar los sentires, prescindir de la otredad y romper (o diseñar frágiles) dispositivos de conjunto.

A estas cuestiones, el astro se les escabulle con su gambeta, y con él millones y millones que Han Sido y Son, en parte, merced de su divinidad.

Definitivamente, no todo lo sólido se desvaneció en el aire. Esto también lo logró Diego Armando Maradona, el último gran absoluto, el último gran dador de sentido universal.

 

 

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